Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

65. Poesía en prosa III - Literatura universal


Editor invitado: Fredy Yezzed



El albañil
   Aloysius Bertrand
   [Italia, 1807- Francia, 1841]


El maestro albañil. Mirad estos bastiones, estos contrafuertes;
se les diría construidos para la eternidad.
Schiller, «Guillermo Tell».

   El albañil Abraham Knufer canta, con la llana en la mano, andamiado en los aires, tan alto que cuando lee los versos góticos de la campana mayor nivela con sus pies la iglesia de treinta arbotantes con la ciudad de treinta iglesias.
   Ve a las tarascas de piedra vomitar agua desde las pizarras al abismo confuso de las galerías, las ventanas, las pechinas, los pináculos, las torrecillas, los techos y armazones, que mancha con un punto gris el ala sesgada e inmóvil del terzuelo.
   Ve las fortificaciones que se recortan en estrella, la ciudadela que se yergue como una gallina en medio de una hogaza, los patios de los palacios donde el sol seca las fuentes y los claustros de los monasterios donde la sombra gira en torno a los pilares.
   Las tropas imperiales se han albergado en el arrabal. He ahí un jinete que tamborilea más lejos. Abraham Knufer distingue su sombrero de tres picos, sus cordones de lana roja, su escarapela atravesada por un alamar y su cola anudada con una cinta.
   Todavía ve algo más, soldadotes que, en el parque empenachado de gigantescos ramajes, en anchos céspedes de esmeralda, acribillan a tiros de arcabuz un pájaro de madera fijado en la punta de un mayo. 
   Y por la tarde, cuando la nave armoniosa de la catedral se adormece, acostada con los brazos en cruz, distingue desde la escala, en el horizonte, una población incendiada por gentes de armas, que flameaba como un cometa en el azur. 
[De Gaspar de la noche, 1842; Trad. Carlos Wert]


G.B.Z.


La desesperación de la vieja
   Charles Baudelaire 
   [Francia, 1821-1867]
   
   La arrugada viejecilla se sentía llena de contento al ver a un hermoso niño al que todos hacían fiestas a quien todos querían agradar;  aquel lindo ser, tan frágil como ella, la viejecita y, también como ella, sin dientes ni pelo.
   Y se acercó a él para hacerle gracias y agradables carantoñas.
   Pero el niño, espantado, se revolvía bajo las caricias de la buena mujer, decrépita, y llenaba la casa con sus chillidos.
   Entonces, la buena mujer se retiró a su eterna soledad, y lloraba en un rincón mientras se decía: “¡Ah, para nosotras, desgraciadas hembras viejas, ya ha pasado la época de agradar, incluso a los inocentes; y horrorizamos a los pequeños a quienes queremos amar!”.
[De Pequeños poemas en prosa, 1868; Trad.José Antonio Millán Alba]


El discípulo
   Oscar Wilde
   [Irlanda, 1854- Francia, 1900]
   
      Cuando murió Narciso, el remanso de su placer se transformó de una copa de aguas dulces en una copa de lágrimas saladas, y las oréades vinieron llorando por los bosques para cantarle al remanso y consolarlo.
   Y cuando vieron que el remanso se había convertido de una copa de aguas dulces en una copa de lágrimas saladas, deshicieron las verdes trenzas de sus cabellos y lloraron junto al remanso, y dijeron, "No nos extraña que hagas tal duelo por Narciso, tan hermoso que era".
   "¿Pero era bello Narciso?", dijo el remanso.
   "¿Quién habría de saberlo mejor que tú?, respondieron las oréades. "A nosotras nos desdeñaba, pero a ti te buscaba, yacía en tus orillas y te contemplaba, y en el espejo de tus aguas se reflejaba su propia belleza".
   Y el remanso respondió, "pero yo amaba a Narciso porque, cuando recostado en mis orillas se inclinaba a mirarme, en el espejo de sus ojos  pude ver siempre mi propia belleza reflejada".


Abel y Caín
   Jorge Luis Borges
   [Argentina, 1899- Suiza, 1986]

   Abel y Caín se encontraron después de la muerte de Abel. Caminaban por el desierto y se reconocieron desde lejos, porque los dos eran muy altos. Los hermanos se sentaron en la tierra, hicieron un fuego y comieron. Guardaban silencio, a la manera de la gente cansada cuando declina el día. En el cielo asomaba alguna estrella, que aún no había recibido su nombre. A la luz de las llamas, Caín advirtió en la frente de Abel la marca de la piedra y dejó caer el pan que estaba por llevarse a la boca y pidió que le fuera perdonado su crimen.
Abel contestó:
   —¿Tú me has matado o yo te he matado? Ya no recuerdo; aquí estamos juntos como antes.
   —Ahora sé que en verdad me has perdonado —dijo Caín—, porque olvidar es perdonar. Yo trataré también de olvidar. 
   Abel dijo despacio:
   —Así es. Mientras dura el remordimiento dura la culpa.
[De El elogio de la sombre, 1969]

G.B.Z.


Dragón
   Henri Michaux
   [Belgica, 1899- Francia, 1984]

   Un dragón ha salido de mí. Sacó cien colas de llamas y de nervios.
   ¡Qué nervios hice para obligarle a levantarse, azotándole por encima de mí! Los bajos eran prisión de acero donde yo estaba encerrado. Pero me obstinaba y mantuve el furor y las chapas de la implacable prisión acabaron desuniéndose poco a poco, forzadas por el impetuoso movimiento giratorio.
   Era porque todo iba tan mal, era en septiembre (1938), era martes, por eso estuve obligado a adoptar una forma tan extraña para vivir. Así pues libré una batalla para mí solo, cuando Europa todavía dudaba y partí como dragón contra las fuerzas malvadas, contra las parálisis sin número que subían de los acontecimientos, por encima de la voz del océano de los mediocres, cuya gigantesca importancia de pronto se desvelaba de nuevo vertiginosamente.
[De Poemas escogidos, 1976.Trad. Julia Escobar]


Desde los balcones
   Antonio Gamoneda 
   [España, Oviedo, 1931]

   Desde los balcones, sobre el portal oscuro, yo miraba con el rostro pegado a las barras frías; oculto tras las begonias, espiaba el movimiento de hombres cenceños. Algunos tenías las mejillas labradas por el grisú, dibujadas con terribles tramas azules; otros cantaban acunando una orfandad oculta. Eran hombres lentos, exasperados por la prohibición y el olor de la muerte.
   (Mi madre, con los ojos bien abiertos, temerosa del crujido de las tarimas bajo sus pies, se acercó a mi espalda y, con violencia silenciosa, me retrajo hacia el interior de las habitaciones. Puso el dedo índice de la mano derecha sobre sus labios y cerró las hojas del balcón lentamente). 
[De Lápidas (1977-1986); en Edad (1947-1986), 1987]