Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

62. Dragones IV


Los dragones de la probabilidad 
   Stanislaw Lem


I
Stanislaw Lem

   Como sabemos, los dragones no existen. Esta constatación simplista es, tal vez, suficiente para una mentalidad primaria, pero no lo es para la ciencia. La Escuela Superior de Neántica no se ocupa de lo que existe; la banalidad de la existencia ha sido probada hace demasiados años para que valiera la pena dedicarle una palabra más. Así pues, el genial Cerebrón atacó el problema con métodos exactos descubriendo tres clases de dragones: los iguales a cero, los imaginarios y los negativos. Todos ellos, como antes dijimos, no existen, pero cada clase lo hace de manera completamente distinta. Los dragones imaginarios y los iguales a cero, a los que los profesionales llaman imaginontes y ceracos, no existen, pero de modo mucho menos interesante que los negativos.
   Desde hace mucho tiempo se conoce en la dragonología una paradoja, consistente en el hecho de que, si se herboriza a dos negativos (operación correspondiente en el álgebra de dragones a la multiplicación en la aritmética corriente), se obtiene como resultado un infradragón en la cantidad 0,6 aproximadamente.


II
   
   Trurl y Clapaucio —dos constructores con Diploma de Omnipotencia Perpetua— aplicaron por vez primera el cálculo de probabilidades a la dragonología, creando, gracias a ello, la dragonología probabilística. Esta última demostró que el dragón era termodinámicamente imposible sólo en el sentido estadístico, al igual que los elfos, duendes, gnomos, hadas, etc. Los dos científicos calcularon con base en la fórmula general de la improbabilidad los coeficientes del duendismo, de la elfiación, etc. La misma fórmula demuestra que para presenciar la manifestación espontánea de un dragón, habría que esperar dieciséis quintocuatrillones de heptillones de años más o menos. No cabe duda de que el problema habría quedado como un simple curiosum matemático, si no fuera por la conocida pasión constructora de Trurl, quien decidió investigar la cuestión empíricamente. Y puesto que se trataba de fenómenos improbables, inventó un amplificador de la probabilidad y lo comprobó, primero en el sótano de su casa, luego en un Polígono Dragonífero especial, Dragoligón, costeado por la Academia.
   Las personas no iniciadas en la teoría General de la improbabilidad preguntan hasta hoy día por qué, de hecho, Trurl probabilizó al dragón y no al elfo, o al gnomo. Lo hacen por ignorancia, ya que no saben que el dragón es, sencillamente, más probable.


III
   
   Varios científicos experimentaron con un dragotrón, pero, como les faltaba rutina y sangre fría, una buena parte de prole dragonera logró la libertad (no sin hacer antes a sus creadores muchos chichones y cardenales). Se descubrió, a raíz de esos acontecimientos, que los abyectos monstruos existían de manera muy diferente de cómo lo hacían, por ejemplo, armarios, cómodas o mesas, ya que lo que más caracteriza a un dragón una vez realizado, es su notable naturaleza probabilística. Si se da caza a un dragón de esta clase, y sobre todo con batida, el cerco de cazadores con el arma pronta para disparar encuentra solamente un sitio quemado y maloliente en el suelo, dado que el dragón, al verse en dificultades, escapa del espacio real refugiándose en el figurativo. Siendo una bestia obtusa y de cortos alcances, lo hace, evidentemente, por puro instinto. Las personas de pocas luces no pueden entender cómo ocurre la cosa y a veces piden a gritos que se les muestre esa clase de espacio. Si se portan así, es porque no saben que también los electrones (cuya existencia no niega nadie que esté en su juicio) se mueven únicamente en el espacio configurativo, dependiendo su suerte de las ondas de probabilidad. Por otra parte, hay quien prefiere creer en los dragones antes que en los electrones, ya que estos últimos no suelen (por lo menos cuando están solos) querer comerse a nadie.



IV
  
   Los progresos en la dragonología dejaban indiferentes a las masas atribuladas por los dragones. Las bestias hacían muchísimo daño pateando y quemando las cosechas y desvelando con sus rugidos a la gente atemorizada. Por si esto fuera poco, su insolencia era tan inmensa, que de vez en cuando se atrevían a exigir un tributo de jóvenes vírgenes. ¿Qué les importaba a los desgraciados que los dragones de la ciencia, siendo indeterministas y por tanto no locales, se comportaran conforme a la teoría, aunque contra toda la decencia? ¿Qué más les daba que la curvatura de la cola estuviera estudiada y calculada, si los monstruos devastaban las cosechas a golpe de cola? No nos extrañemos, pues, si la masa, en vez de reconocer el enorme valor de los extraordinarios logros de la ciencia, se los reprochó. Pero los científicos persistieron en su trabajo de investigación, obteniendo nuevos éxitos al demostrar que el grado de existencia del dragón dependía de su humor y del estado de saturación general. El axioma sucesivo evidenciaba el hecho de que el único método seguro de su liquidación era la reducción de su probabilidad a cero, e incluso a valores negativos. En todo caso, estas investigaciones exigían mucho trabajo y tiempo. Mientras tanto, los dragones ya realizados disfrutaban de la libertad aterrorizando a la gente y devastando planetas y lunas. ¡Y se multiplicaban, que era lo más terrible!


V
   
   Basileo Emerdiano viajaba por toda la Galaxia, provocando con su mera presencia la aparición de dragones en los lugares donde nunca nadie los había visto antes. En cierto modo, llevaba los dragones consigo, con la única salvedad de que se hallaban en estado potencial, con la probabilidad cercana a cero. Una vez bien instalado y ambientado, iba aumentando la probabilidad y la elevaba a potencias hasta que llegaran casi a la seguridad y, naturalmente sucedía una virtualización, concretización y totalización plena y manifiesta. Cuando el desespero general y el estado de catástrofe nacional llegaban al cenit, Basileo pedía audiencia al rey del país en cuestión y, después de un largo regateo para obtener unos honorarios astronómicos, se comprometía a exterminar a los monstruos, lo que siempre cumplía puntualmente. Nadie sabía cómo lo hacía, porque siempre actuaba a escondidas y solo. Por otra parte, siempre daba la garantía del éxito de su dragonólisis en el sentido solamente estadístico. Los anulaba disminuyendo momentáneamente la probabilidad y se marchaba con la pasta. Que tarde o temprano las cerofluctuaciones tuvieran que conducir a la activación de la dragomatriz, y que toda la historia volviera a empezar, lo tenía sin cuidado, pues ya él y el dinero estarían lejos.


VI
   
   El pueblo de Trufoflora era terriblemente supersticioso; su religión, la pneumatología draconiana, afirmaba que los dragones aparecían en castigo de pecados y que tenían almas, pero impuras. Los únicos métodos que aplicaban para combatir la plaga se limitaban a quemar incienso en los lugares infestados y repartir reliquias. Sobre el planeta vivía en aquel momento un solo monstruo, perteneciente a la clase más terrorífica de todas: Abyectaurios Draculeos. Pero mientras unos lo consideraban como un ejemplar único, otros lo tomaban por un ser múltiple, capaz de encontrarse en varios sitios a la vez. Esto debido a que la localización de estas asquerosas bestias depende de las llamadas anomalías draconianas, por cuya causa algunos ejemplares, ante todo los distraídos, quedan a veces “chapuceados” en el espacio, lo que no es otra cosa que un simple efecto isóspino de amplificación del momento cuántico. Así como una mano, al emerger del agua, muestra encima de la superficie cinco dedos aparentemente independientes individualizados, igual los dragones, al emerger del espacio configurativo al real, parecen alguna vez múltiples a pesar de ser uno solo.


VII
   
   Las viejas leyendas cuentan sobre dragones multitud de cosas que no son ciertas. Dicen, por ejemplo, que algunos de ellos llegan a tener siete cabezas. Hoy el dragón sólo puede tener una cabeza, ya que la presencia de dos conduciría infaliblemente a violentos altercados y peleas. En realidad, hubo unos, los pluritestas (nombre que les dieron los científicos), de naturaleza obtusa y terca, que no soportaban la menor oposición; la posesión de dos cabezas en un solo cuerpo los llevaba a una muerte rápida: cada una, queriendo perjudicar a la otra, se negaba a tomar alimento, e incluso se abstenía de respirar. Se puede adivinar fácilmente cuál fue el resultado: se extinguieron. Éste, precisamente fue el fenómeno aprovechado para inventar el trabuco anticabeza. Se dispara al dragón, alojando en su corpachón una pequeña cabecita electrónica, fácil de manejar, y al momento se originan disputas y escenas violentas. En consecuencia, el dragón se queda inmóvil y tieso en un sitio, como si le diera parálisis, durante un día, una semana, un mes, incluso hubo casos en que sucumbía al agotamiento sólo al cabo de un año. Cuando se halla en este estado, se puede hacer con él lo que se quiera.


* Todos los textos fueron tomados de Ciberiada. Barcelona: Bruguera, 1980