Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

54. Poesía en prosa I - Colombia


Minificciones en la “poesía en prosa” de Colombia
Editor invitado: Fredy Yezzed*

Bogotá (Colombia)
   ¿Dónde radica la fusión o la confusión entre el “poema en prosa” y la “minificción”? Una de las tres tendencias en el poema en prosa, llamada “narrativa y/o descriptiva”, es definida así por el crítico español Aullón de Haro: “posee un tenue hilo narrativo, describe una anécdota, destaca un suceso o copia una impresión sin hacer uso de los mecanismos usuales del lenguaje poético; suele ser una tendencia alineada con un estilo llano, neutro, prosaico”. Críticos y amantes de la ficción breve leen como minificciones esta clase de poemas en prosa. 
   Los textos que leerán a continuación aparecen tal cual los escribieron sus creadores, quienes desde su voluntad consciente como autores, los definen como “poesía en prosa”. Son tomados del libro: Párrafos de aire: primera antología del poema en prosa colombiano (Medellín: Editorial de la Universidad de Antioquia, 2010).
   Interesados en las cuestiones que conciernen a estos dos géneros, los invito a leer “Poema en prosa vs. minificción: concepciones genéricas y críticas”, publicado en El cuento en red: Revista electrónica de la teoría de la ficción breve No. 17, Primavera 2008.

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El tugurio
   Gregorio Castañeda Aragón
   [Santa Marta, Magdalena, 1884-Barranquilla, Atlántico, 1960]   

   Linda muchacha aquella que seguí un día a través de las epilépticas contorsiones de una callejuela. Cruzamos una vía llena de lodo, nos hundimos en un zaguán largo y negro, y en el fondo de un patizuelo sin luz nos detuvimos. Era el tugurio. Una cama con destripados colchones, una estampa, un hornillo sin fuego. En los momentos en que penetrábamos allí, de otra guarida vecina salía un niño con una pústula en la cabeza. La madre, tiznada, raída, lavaba en un barreño de agua rojiza. Tuve una sensación de asco y quise huir. Pero en el fondo del tugurio brillaban unos ojos claros y tristes, con esa luz benigna que tiene el cielo para mirar a los miserables de la tierra. Y me contuve. Manos implacables mostraban sin malicia la pobre carne que era florida toda y fresca para el amor. Y tuve que ser bueno. Hice la buena caridad de dar amor a quien necesitaba amor…
De Recortes de vida, Barranquilla, 1922


Paisajes ambulantes
   Luis Vidales
   [Calarcá, Quindío, 1900-Bogotá, Cundinamarca, 1990]

   Mr. Wilde ha dicho que los crepúsculos están pasados de moda. Es indudable que se podría disimular ese defecto si los paisajes variaran constantemente de sitio. Eso de ver un paisaje en un mismo lugar—es necesariamente aburrido. Lo contrario sería encantador. Y espectacular. Un grupo de árboles emigrando bajo el cielo. O un árbol que pasara para la selva—solo—recto—sobre sus innumerables patitas blancas.
   Pero entonces la gente inventaría jaulas para cazar paisajes. Y un paisaje dentro de una jaula no debe sentirse contento.
De Suenan timbres, Bogotá, 1926


Caravansary - 7
   Álvaro Mutis
   [Bogotá, Cundinamarca, 1923]

   Cruzaba los precipicios de la cordillera gracias a un ingenioso juego de poleas y cuerdas que él mismo manejaba, avanzando lentamente sobre el abismo. Un día, las aves lo devoraron a medias y lo convirtieron en un pingajo sanguinolento que se balanceaba al impulso del viento helado de los páramos. Había robado una hembra de los constructores del ferrocarril. Gozó con ella una breve noche de inagotable deseo y huyó cuando ya le daban alcance los machos ofendidos. Se dice que la mujer lo había impregnado en una substancia nacida de sus vísceras más secretas y cuyo aroma enloqueció a las grandes aves de las tierras altas. El despojo terminó por secarse al sol y tremolaba como una bandera de escarnio sobre el silencio de los precipicios.
De Caravansary, México D. F., 1981



Selecta - IV
Bogotá (Colombia)
   Jaime Jaramillo Escobar
   [Pueblorico, Antioquia, 1932]

   ––A los cinco años mi madre me enseñó a llorar y me quitó la camisa y me llevó al puente en el centro de la ciudad para que llorara, y después me llevó al parque para que llorara los domingos y los otros días de la semana lloraba en el atrio de la catedral, a la salida de los teatros, en las ferias de ganado y en las festividades públicas. También lloré en las afueras del estadio, lloré el jueves y el viernes santos y lloré en el Corpus Christi. Hasta que la ciudad se cansó de oírme llorar y de verme crecer sin mi camisa y entonces mi madre decidió llevarme a la capital y allí estuve varios años sentado llorando a las puertas de los bancos, en las gradas del Capitolio, en las plazas de mercado, en las grandes celebraciones, llorando de frío, temblando de frío, hasta que mi madre recogió todo el dinero que necesitaba, y no la volví a ver.
   Entonces me fui a llorar en los trenes un largo llanto mudo picado de cuchillos.
De Selecta, Bogotá, 1987


Esperando el autobús
   Armando Romero
   [Santiago de Cali, Valle del Cauca, 1944]

   Le desatornillaba los ojos, le arrancaba el cabello, le descolgaba el vestido, le apretujaba los pies, le hundía el ombligo, le sacaba la lengua, le zumbaba nalgadas, le daba duro contra el piso, se reía de ella… Esa niña solitaria pidiendo limosna en la calle San Juan de Letrán no sabía darle cuerda a su muñeca.
De A rienda suelta, Buenos Aires, 1991


La leyenda del beso
   Rubén Vélez
   [Salgar, Antioquia, 1953]

   Cuando un hombre y una mujer se besan en el Parque, los espectadores sienten un alivio en sus mejillas. Cuando un hombre besa a otro hombre, los espectadores sienten una bofetada. La seguirán sintiendo hasta el día en que admitan que los únicos que violan la norma del Parque, son los ciudadanos que se guardan sus besos.
De La gente es un caso, Medellín, 1981


Una noche
   Felipe García Quintero
   [Bolívar, Cauca, 1973]

   Una noche siendo yo un niño, mi padre me dijo —ya no recuerdo las palabras—: escóndete en la casa, luego te buscaré.
   Sigo escondido, esperando.
De Vida de nadie, Madrid, 1999 (Medellín, 2ª. ed., 2004)

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   * Fredy Yezzed (Bogotá, 1979): Licenciado en Lenguas Modernas (Universidad de La Salle), Profesional en Estudios Literarios (Universidad Javeriana).
   Libros publicados: Párrafos de aire: primera antología del poema en prosa colombiano (Medellín, 2010) y La sal de la locura (Buenos Aires, 2010).
   Premios: Premio Macedonio Fernández de Poesía (Buenos Aires, 2010); XII Premio Nacional Universitario de Cuento (Universidad Externado de Colombia, 2001); Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá (2003); XXVII Concurso Nacional Metropolitano de Cuento (2006). 
   Microsagas, libro inédito de minicuentos cuyos textos han aparecido en las siguientes revistas: Minificciones (Calarcá), Fe de erratas (Bogotá) y Riltaura (Bogotá).
   Su minicuento “El tigre y Borges” fue incluido en la Segunda antología del cuento corto colombiano (Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional, 2007), de Harold Kremer y Guillermo Bustamante Zamudio.
   Trabaja en un libro de entrevistas a minicuentistas latinoamericanos titulado Artesano de miniaturas: ¿cómo se escribe un minicuento?