Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

53. Fantasmas IV



Buruburu - fantasma del bosque que produce
en sus víctimas un temblor incontrolable.
Monstruos del Kaibutsu Ehon, 1881
Pregunta
   James Joyce
   ¿Qué es un fantasma?, preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable —por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres.




In libris, libertas
   Michael Maar


   Si los fantasmas no están apretados entre las páginas de un libro, son difíciles de contener, y tal vez es precisamente por eso que deben estar apretados entre las hojas. Tal vez algo se exorciza en la literatura que amenaza con tomar raíces en la vida. Tal vez esa es la meta, en realidad: deshacerse de sus demonios a través de la ficción.




Ojos de perro
   Henry Ficher


   Es de noche. La luna llena está escondida tras las nubes y el viento trae de lejos los aullidos de los perros.
   Mi perro permanece en silencio. Se levanta de su lugar frente al fuego y mira fijamente hacia un rincón oculto tras las sombras, con la cola entre las patas, las orejas gachas y la pelambre erizada.
   Yo no quiero ni pensar qué está mirando.





Los fantasmas y yo
   René Avilés Fabila


   Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes.




El fantasma
   Gustavo Tatis Guerra


   —¡Salga de aquí, por favor, salga rápido de la casa! —le dijeron los niños.
   —¡Ya, ya… no me acosen! ¡Ya voy a salir! —dijo desconcertado el fantasma—. Ustedes tienen la culpa. Ustedes me imaginaron.




Hombre en el umbral
   Carlos Castillo Quintero


   Con la sensación del agua tibia deslizándose sobre su piel, la mujer, desnuda, sale del baño y frente al tocador se contempla, se reconoce bella, espléndida en su desnudez.
   El hombre parado en el umbral, la mira.
   Ella se perfuma y un aroma de selva llena la habitación; cada movimiento de su mano entreabre su cuerpo, insinúa lo que viene. Los senos firmes sienten la caricia que se impacientan. Como para distraerse peina el ondulado manantial que llega a su cintura; de sus ojos azules brota el oscuro fuego que la embarga.
   El hombre parado en el umbral, la mira.
Ya vestida, su desnudez es mayor. Bajo la bata ceñida sus caderas auguran abismos. Sin prisa, se prepara una bebida, mira el reloj y en el lecho se abandona.
   Es bella, piensa el hombre, y es mi esposa.
   Una vez más vuelve a sentir el deseo pertinaz de poseerla. En ese momento, alguien entra a la casa, la mujer sonríe complacida. “Tiene llave propia”, piensa el hombre y lo ve subir, la ve arrojarse en brazos del intruso.
   El hombre, parado en el umbral, la mira, los mira, y nuevamente maldice su condición de fantasma.




25
   Édgar Allan García


   Con frecuencia tenía la sensación de que escribía como en mitad de un sueño sobre hechos que acaso no sucedieron pero que, de alguna extraña manera, había sido testigo de ellos. Sus personajes eran una especie de fantasmas, él mismo se sentía uno de ellos, y con frecuencia le agobiaba que la historia estuviera llena de frases inconclusas y sucesos absurdos. Lo único que sabía con certeza era que llevaba mucho tiempo escribiendo algo que amenazaba con no terminar nunca. Un día se sorprendió de que alguien abriera de par en par la puerta de su estudio y entrara sin pedir permiso, pero más sorpresa le causó que aquella mujer ataviada con ropajes extraños, le dijera a otra: …y es aquí donde lo envenenaron. Dicen los que habitan esta mansión que, sobre todo por las noches, se lo puede escuchar toser en este cuarto y rasgar febril el papel con su pluma.