Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
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50. Nicolás Suescún I



Nicolás Suescún, retrato de Mariela Agudelo
El poeta, cuentista, traductor, editor y periodista bogotano Nicolás Suescún fue galardonado con el Premio Vida y Obra 2010 de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá, reconocimiento que destaca, cada dos años, a un artista de por lo menos 65 años, que haya realizado un aporte fundamental a la cultura de la ciudad durante, mínimo, 20 años.



El extraño 

   Llegó de noche, a caballo. Recorrió el pueblo, calle por calle. Todos dormían, fuera de mí, que en ese tiempo sufría de insomnio. Apagué la luz para verlo mejor. Era alto y muy pálido. Sus ojos brillaban en la penumbra como los ojos de un gato salvaje. Fumaba, exhalando el humo lentamente. Dejó caer las riendas y que su caballo continuara, hasta que todos despertaron y se asomaron a las ventanas. Fue en ese momento que cogí mi revólver y le disparé. Otros se llevaron el cadáver, que nadie vino a reclamar. No tuve que comparecer ante el juez. Todos comprendieron que lo había hecho por el bien de la comunidad. 
   Ese fue el principio de mi carrera política.
(El Extraño y otros cuentos. Bogotá: Carlos Valencia Editores, 1980).


El retorno de Drácula 

   Es cierto. Se fue y dejó de venir durante muchos años. Los niños crecieron. Mire lo grandes que están: ya todos tienen gafas y van a la universidad. 
   Ellos no lo reconocieron. Pero entre él y yo las cosas pasaron como si no se hubiera ido nunca. El mismo día que volvió nos dimos cuenta. No había cambiado nada. A los dos minutos estábamos donde habíamos empezado, cuando nos casamos, hace ya tanto tiempo. 
   El me dijo que no quería sangre para la comida. Yo le dije que no había nada más.
(El Extraño y otros cuentos. Bogotá: Carlos Valencia Editores, 1980).


Inspección 
   
   Golpeó la puerta varias veces, con violencia. 
   —¿Usted es M? —gritó cuando abrió N. 
   —No, soy N. 
   —No trate de confundirme. Usted es M. Vive aquí. Mire, aquí tengo escrita su dirección y sus datos. 
   —No conozco al tal M. Hágame el favor de irse. No tiene derecho. Estoy durmiendo. 
   —No trate de engañarme. Usted es sin duda M. Sus hábitos lo confirman. Es usted un haragán y un vicioso. ¡Durmiendo a las cinco de la tarde! 
   —¡Son las cinco... de la tarde! ¿Qué importa? Tengo derecho a dormir a cualquier hora. Además, mucha gente duerme a esta hora. Trabajan de noche. 
   —Usted no trabaja, ni hace nada. Vamos, M, vístase y venga conmigo, está arrestado. 
   —Se burla usted de mí. Soy N. No me moleste más. Le voy a mostrar mi cédula de identidad. 
   —No me interesa verla. 
   —... le puedo mostrar el periódico. 
   —¿Tiene el periódico? 
   —Sí. 
   —Muéstremelo. 
   El hombre se sentó en la cama y se puso a leer. N salió, dio una vuelta, volvió. El hombre le abrió. 
   —¿Es usted M? —le preguntó N. 
   —No, soy N, vivo aquí. Y no me moleste, estoy leyendo el periódico. 
   Así fue como N descubrió a M. Y se quedó sin dónde vivir.
(Los cuadernos de N. Bogotá: Planeta, 1994) 


Estadía 
   
   La estadía fue muy dura, el clima desagradable, los hoteles demasiado caros, el idioma extraño. Por fortuna no duró sino una vida. 
(Los cuadernos de N. Bogotá: Planeta, 1994)


Senectud 

   Los viejos seniles son hombres que han perdido sus máscaras, y que ya no pueden encontrarlas. 
(Los cuadernos de N. Bogotá: Planeta, 1994)


Espejos 

   ¡Que rompan todos los espejos!, ordenó el rey. Y rompieron todos los espejos. Las gentes se vieron entre sí como nunca se habían visto antes. Pero se confundían, no creían en sí mismos. Sólo el rey, que había conservado el suyo, sabía quién era.
(Los cuadernos de N. Bogotá: Planeta, 1994)


N, sentado en su silla 
  
   Sostenía un libro abierto en su mano derecha. Había interrumpido su lectura al ver entrar a una pareja desconocida, que ahora miraba boquiabierto. No sabía cómo habían entrado. Sin poner atención a su presencia, habían empezado a discutir, cada vez con más violencia. Él no comprendía bien el problema, pero dedujo que se trataba de una trivial equivocación, algo que de todos modos no tardarían en arreglar. Y tenía razón. La mujer sacó un revólver de su cartera negra, y después N no supo más.
(Los cuadernos de N. Bogotá: Planeta, 1994)