Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
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47. Voltaire II



La muerte de Simón el Mago


 Simón el mago

   Simón fue a quejarse al Emperador de que un miserable galileo presumía de hacer mayores prodigios que él. Pedro compareció junto con Simón para ver quién de los dos era superior en su oficio. “Dime lo que estoy pensando”, dijo Simón a Pedro. “Que me dé el Emperador un pan de cebada, y verás si sé lo que guardas en el alma”. Se le dio el pan. Inmediatamente, Simón hizo aparecer dos grandes dogos que querían devorarle. Pedro les arrojó el pan y, mientras lo comían, le dijo: “¡Bien! ¿Sabía o no lo que pensabas?: querías hacerme devorar por tus perros”.






Amor propio II

   Un misionero que viajaba por la India encontró a un faquir cargado de cadenas, desnudo como un mono, acostado boca abajo y haciéndose azotar por los pecados de sus compatriotas, que le daban algunos liardas del país. “¡Qué renuncia de sí mismo!”, decía uno de los espectadores. “¿Renuncia de mí mismo?”, replicó el faquir, “sabed que hago que me azoten en este mundo más que para devolvéroslo en el otro, cuando vos seáis caballo y yo jinete”.


Guerra

   Un genealogista prueba que un Príncipe desciende en línea directa de un Conde cuyos padres habían hecho un pacto de familia, hace 300 o 400 años, con una casa cuyo recuerdo ni tan siquiera subsiste. Esta casa tenía vagas pretensiones sobre una provincia, cuyo último poseedor murió de apoplejía. El Príncipe y su consejo concluyen que esta provincia le pertenece por derecho divino. Esta provincia, a varios cientos de lenguas, protesta que le desconoce, que no tiene ninguna gana de ser gobernada por él; que para dictar leyes a unas gentes hay que tener, al menos, su consentimiento. Estos discursos ni tan siquiera son oídos por el Príncipe, cuyo derecho es irrefutable. Encuentra, al punto, un gran número de hombres que no tienen nada que hacer ni que perder. Les viste con un grueso paño azul, pone un ribete a sus sombreros con un grueso hilo blanco, les hace girar a derecha e izquierda, y marcha hacia la gloria.
   Los demás Príncipes, cuando oyen hablar de esos hombres en armas, toman parte en la empresa, cada uno según su poder.
   Pueblos lejanos oyen decir que va a haber lucha, y que se ganan cinco a seis monedas por día si se toma parte en ella. Y van a vender sus servicios a quien quiera comprarlos.
   Esas multitudes se encarnizan una contra otra, no sólo sin tener ningún interés en el proceso, sino, incluso sin saber de lo que se trata.
   Se encuentran a la vez cinco o seis potencias beligerantes: tan pronto tres contra tres, como dos contra cuatro o una contra cinco, detestándose por igual unas y otras, matándose y atacándose una y otra vez, de acuerdo todas en un sólo punto: hacer el mayor mal posible. Cada jefe de asesinos hace que se bendigan sus banderas e invoca a Dios solemnemente antes de ir a exterminar a su prójimo. Cuando ha habido un exterminio de cerca de diez mil, a hierro y fuego, y ha sido destruida una ciudad cualquiera desde sus cimientos, entonces se entona un cántico bastante largo, dividido en cuatro partes, compuesto en una lengua desconocida para todos los que han combatido y, además, llena de barbarismos. El mismo cántico sirve para casamientos, nacimientos y homicidios.


Magos envidiosos

   Zoroastro vino del paraíso a predicar su religión en los dominios de Gustaf, rey de Persia, y éste le dijo: «Demuéstrame algo para que te crea». El profeta hizo crecer ante la puerta del palacio un cedro tan corpulento y tan alto que ninguna cuerda podía rodearlo ni alcanzar el remate de su copa, y en su cima puso una hermosa habitación a la que ningún hombre podía subir. El rey quedó tan asombrado de este milagro que creyó en Zoroastro.
   Pero, entonces, cuatro magos envidiosos pidieron al portero real la llave de la habitación del profeta, mientras éste se hallaba ausente. Pusieron entre sus libros huesecillos de perros y gatos, y uñas y cabellos de muertos. Acto seguido, se presentaron ante el rey y lo acusaron de ser hechicero y envenenador. El rey mandó al portero que le abriera la habitación y, encontrando lo dicho, sentenció a la horca al enviado del cielo.
   Cuando iban a ahorcarlo, el caballo más hermoso del rey sufrió un percance extraño: se le metieron en el cuerpo las cuatro patas. El profeta prometió solemnemente curar al caballo a cambio del perdón. Aceptada su propuesta, hizo salir una pata del vientre del corcel, diciendo: «Señor, no sacaré la segunda pata si no prometéis abrazar mi religión». «Te lo prometo», contestó el rey. El profeta hizo aparecer la segunda pata del animal y luego exigió que los hijos del monarca también se convirtieran. Finalmente, la aparición de las dos patas restantes consiguió hacer numerosos prosélitos en la corte. Ahorcaron a los cuatro perversos magos en vez del profeta y toda Persia abrazó la religión de Zoroastro.


Mesías

   El Mesías dará a su pueblo, reunido en la tierra de Canaán, una comida cuyo vino será el que el mismo Adán hizo en el paraíso terrenal y que se conserva en grandes cubas abiertas por los ángeles en el centro de la tierra.
   Como entrada, se servirá el famoso pescado llamado el gran Leviatán, que se traga de una vez un pez más pequeño que él, y que tiene 300 leguas de largo. Dios, en el comienzo, creó un macho y una hembra; pero, por temor a que destruyera la tierra y que llenara el universo de sus semejantes, Dios mató a la hembra y la saló para el festín del Mesías.
   Para esta comida se matará al toro Behemoth, que es tan grueso que se come cada día el heno de mil montañas; la hembra de este toro fue muerta al comienzo del mundo con el fin de que un especie tan prodigiosa no se multiplicara, lo que sólo habría podido perjudicar a otras criaturas; pero aseguran que el Eterno no la saló, porque la vaca salada no es tan buena como la Leviatana.



Fábula hindú

   Adimo, el Padre de todos los hindúes, tuvo dos hijos y dos hijas de su mujer Procriti. El mayor era un gigante vigoroso, el menor era un pequeño jorobado, las dos niñas eran bonitas. Desde que el gigante sintió su fuerza, se acostó con sus dos hermanas y se hizo servir por el pequeño jorobado. De sus dos hermanas, una fue su cocinera; la otra, su jardinera. Cuando el gigante quería dormir, empezaba por encadenar a un árbol a su hermano pequeño el jorobado, y cuando éste huía, lo alcanzaba de cuatro zancadas y le daba veinte latigazos con nervios de buey.
   El jorobado se hizo sumiso y llegó a ser el mejor vasallo del mundo. El gigante, satisfecho de verlo cumplir sus deberes de vasallo, le permitió acostarse con una de sus hermanas, de la que él estaba ya cansado. Los hijos que nacieron de este matrimonio no eran del todo jorobados, pero tenían una figura bastante contrahecha. Se les educó en el temor de Dios y del gigante. Recibieron una excelente educación; se les enseñó que su tío era gigante por derecho divino, que podía hacer de su familia lo que quisiera; que sí tenía una sobrina bonita, o sobrina nieta, sería para él solo sin dificultad, y que nadie podría acostarse con ella si él no quería.
   Muerto el gigante, su hijo, que no era ni mucho menos tan fuerte ni tan alto como él, creyó, sin embargo, ser gigante, como su padre, por derecho divino. Pretendió hacer trabajar para él a todos los hombres y acostarse con todas las jóvenes. Su familia formó una coalición contra él, fue derrotado y se constituyó una república.




Voltaire


François Marie Arouet, más conocido como Voltaire (París, 21 de noviembre de 1694 – ibídem, 30 de mayo de 1778) fue un escritor, historiador, filósofo y abogado francés que figura como uno de los principales representantes de la Ilustración, un período que enfatizó el poder de la razón humana, de la ciencia y el respeto hacia la humanidad. En 1746 Voltaire fue elegido miembro de la Academia francesa.