Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

44. Inmortalidad



Diálogo


   Borges: Dígame, ¿cómo ha estado últimamente? 
   Rulfo: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí. 
   Borges: Entonces no le ha ido tan mal. 
   Rulfo: ¿Cómo así? 
   Borges: Imagínese, don Juan, lo desdichados que seríamos si fuéramos inmortales. 
   Rulfo: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo. 
   Borges: Le voy a confesar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala. 
   Rulfo: Así, ya me puedo morir en serio.
(Revista Fractal # 1, Abril - Junio de 1996. México)




La inmortalidad
   Lie Yukou


   En otros tiempos hubo un hombre que decía poseer el conocimiento de la inmortalidad. El soberano de Jean envió un mensajero para invitarlo. El mensajero no fue demasiado rápido; cuando llegó, el hombre había muerto. El soberano, enfurecido, se disponía a ordenar la ejecución del mensajero cuando, por suerte, uno de sus ministros le advirtió:
   —Lo que más preocupa al hombre es la muerte y no hay cosa que valore más que la vida. ¿Cómo iba aquel hombre a conseguirle la inmortalidad, si él mismo perdió su vida?
   Al oír esto, el soberano no ejecutó al mensajero.
(Eduardo Berti. Los cuentos más breves del mundo. Madrid: Páginas de espuma, 2008)




Paradoja de Tristram Shandy
   Bertrand Russell


   Tristram Shandy, como todos sabemos, empleó dos años en historiar los primeros dos días de su vida y deploró que, a ese paso, el material se acumularía invenciblemente y que, a medida que los años pasaran, se alejaría más y más del final de su historia. Yo afirmo que, si hubiera vivido para siempre y no se hubiera hartado de su tarea, ninguna etapa de su biografía habría quedado inédita. Habría redactado el centésimo día en el centésimo año, el milésimo día en el milésimo año y así sucesivamente. Todo día, tarde o temprano, sería redactado.
(Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Cuentos breves y extraordinarios)



Puntualidad de los filósofos VI
   Ana María Shua


   Para castigar a un alma tan puntual como la del Profesor Kant, el demonio lo condena a vagar por el paraíso, donde el tiempo no existe, donde a nadie le importa qué hora es, donde el concepto mismo de las obras ha sido abolido porque nadie desea nada.
(Cazadores de letras. Madrid: Páginas de espuma, 2009)



Vivir para siempre
   James George Frazer


   En el ducado de Holstein, una dama que comía y bebía alegremente y tenía cuanto puede anhelar el corazón, deseó vivir para siempre. En los primeros cien años, todo fue bien; pero, después, empezó a encogerse y a arrugarse, hasta que no pudo andar, ni estar de pie, ni comer, ni beber. Pero tampoco podía morir. Al principio, la alimentaban como si fuera una niñita, pero llegó a ser tan diminuta que la metieron en una botella de vidrio y la colgaron en la iglesia. Todavía está ahí, en la iglesia de Santa María, en Lübeck. Es del tamaño de una rata, y una vez al año se mueve.
(J. L. Borges, S. Ocampo y A. Bioy. Antología de literatura fantástica. Barcelona: Edhasa-Sudamericana, 1977)




Simulacro II
   Cristina Peri Rossi


   Hacía días que girábamos en la órbita lunar. Hacia un lado y hacia otro de la escotilla solamente divisábamos el intenso, infinito espacio azul universal. No experimentábamos ni calor ni frío. No sentíamos ni hambre ni sed. No padecíamos trastorno o enfermedad alguna. No nos dolían ni los cabellos ni los dientes. No había ni oscuridad ni luz. No hacíamos sombra. Cuando dormíamos, no soñábamos. Allí jamás anochecía ni amanecía. Un plenilunio continuo. No había ni relojes ni fotografías. No necesitábamos acostarnos ni ponernos de pie. Podíamos dormir o estar despiertos. Nadie se vestía ni se desvestía.
   A los días, Silvio me suplicó que le contara alguna historia. Pero yo había perdido la memoria.
   —Inventa algo —me imploró. Sin embargo, en la esterilidad del espacio, girando siempre alrededor de la luna, no pude inventar nada.
   —Háblame —me dijo, entonces. Yo busqué una palabra que estuviera escrita en alguna parte de la nave y que yo pudiera pronunciar. Fue inútil: las máquinas ya no necesitaban instrucciones: funcionaban solas. No había nada escrito en ninguna parte y que yo pudiera leer. A ambos lados de la escotilla, solamente el espacio azul universal. No experimentábamos ni calor ni frío. Nos sentíamos hambre ni sed. No padecíamos trastorno por enfermedad alguna. No había oscuridad n ni sombra. Los sonidos eran pequeños, débiles, atenuados. No necesitábamos acostarnos o ponernos de pie. Podíamos dormir o estar despiertos. Nadie se vestía o se desvestía.
   Al final, con todo mi esfuerzo, pude pronunciar una palabra:
   —Piedad —dije.
(Ángeles Encinar y Carmen Valcárcel. Más por menos. Antología de microrrelatos hispánicos actuales. Madrid: Sial, 2011)




La inmortalidad
   Zhang Hua


   En el monte Jun, que se hallaba comunicado por un camino subterráneo con el monte Bao, había gran cantidad de cierta bebida alcohólica, rica en extremo y que hacía inmortal a quien la bebiera. En vista de ello, el emperador Wu de la dinastía Han practicó ayuno y purificación durante siete días, al cabo de los cuales envió un nutrido grupo de hombres y mujeres al monte Jun; al regresar, le dieron tal bebida y, justo cuando iba a bebérsela, oyó a Dong Fangshou que le decía: “permitidme que la vea, majestad, que yo os sabré decir si es o no es la que da la inmortalidad”. En cuanto se la dio, se la bebió de un trago. Y cuando estaba el emperador a punto ya de castigarle con la muerte, le dijo Dong Fangshou: “si me dais muerte y muero, será porque la bebida carecía de efecto; mas, si en verdad lo tiene, de nada servirá que me ajusticiéis”. Y así fue que el emperador le perdonó la vida.
(Eduardo Berti. Los cuentos más breves del mundo. Madrid: Páginas de espuma, 2008)


Editor invitado: Gabriel Osorio Ariza