Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

42. Fantasmas II



Escalofriante
   Thomas Bailey Aldrich


   Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres se han muerto. Golpean a la puerta.



Curiosidad
   Roberto Perinelli


   Como a tantos asesinos, a éste lo seguían las sombras de sus víctimas. También lo imitaban: si él se sacaba el sombrero o encendía un cigarrillo, con sólo mirar de reojo el asesino descubría que las sombras también lo hacían. Pero sí el sacaba el revólver, las sombras desaparecían. Acaso por el temor o por la cortesía de darle lugar a la nueva, que pronto se les uniría.




Anécdota
   Ambrose Bierce


   El señor W.C. Morrow, que solía vivir en San José, California, acostumbraba escribir cuentos de fantasmas que daban al lector la sensación de que un tropel de lagartijas, recién salidas del hielo, le corrían por la espalda y se le escondían entre los cabellos. En esa época, se creía que merodeaba por San José el alma en pena de un famoso bandido llamado Vásquez, a quien ahorcaron allí. El pueblo no estaba muy bien iluminado y de noche la gente salía lo menos posible de su casa.
   Una noche particularmente oscura, dos caballeros caminaban por el sitio más solitario dentro del ejido, hablando en voz baja para darse coraje, cuando se tropezaron con el señor J.J. Owen, conocido periodista:
   —¡Caramba, Owen! —dijo uno—. ¿Qué le trae por aquí en una noche como ésta? ¿No me dijo que este era uno de los sitios preferidos por el ánima de Vásquez? ¿No tiene miedo de estar afuera? 
   —Mi querido amigo —respondió el periodista con voz lúgubre—, tengo miedo de estar adentro. Llevo en el bolsillo una de las novelas de Will Morrow y no me atrevo a acercarme donde haya luz suficiente para leerla.




Un reencuentro
   José María Merino


   Una tarde se acercó a la plaza en que se encontraba el pequeño hotel que había cobijado sus abrazos, y contempló la ventana de aquella habitación, donde relumbraba la luz interior. Estuvo allí mucho tiempo, hasta que despertó en él la sospecha de que su unión de aquella tarde no había terminado, que todavía los cuerpos de los dos permanecían allí dentro, enzarzados en su amorosa entrega, que sus besos no habían concluido, ni las caricias profundas en que ambos se embelesaban. Los dos seguían allí, pensó, y todo lo demás era sólo sombra, un exterior borroso y sin volumen, una escenografía apenas esbozada, y él mismo un fantasma superfluo, el jirón de un pensamiento vago.




El trust de los fantasmas
   Giovanni Papini


   Hay médiums prodigiosos que consiguen emitir porciones de materia viviente llamada ectoplasma. En el estado de trance crean junto a sí miembros humanos y, a veces, criaturas enteras, de una materia casi fluida, pero observable, que los ignorantes llaman “espectros”. Durante muchos años he estudiado el problema de la conservación de los espectros y lo he conseguido finalmente. Hasta ahora estos fantasmas reales se disolvían al final de la sesión, con grave daño de la ciencia y también de la comodidad humana. Yo he conseguido hacerlos estables, duraderos y prácticamente inmortales. Semejantes criaturas casi irreales, y, sin embargo, vivas e inteligentes, serían buscadísimas en todas partes de la tierra. Tener a su servicio un espectro de materia sutilísima, que puede penetrar donde nos está vedado, que puede ver y oír lo que para nosotros es oscuro y mudo, que puede aterrorizar a nuestros enemigos y ser la compañía de nuestras noches —intermediario anfibio entre este mundo y el otro, entre la vida y la muerte, entre el ser y el no ser—, disponer de un ser no engendrado como todos los demás, un seudoantropo servicial, al cual es permitido lo que a los otros está negado, sería un lujo inaudito, una fortuna indecible y milagrosa. Una sociedad anónima para la fabricación y conservación de los espectros proporcionaría fabulosos beneficios. La industria tiene ahora el dominio y el monopolio de todas las fuerzas de la naturaleza, a excepción de la más admirable de todas: el espíritu. Estas apariciones indecisas y efímeras, que hasta ahora han servido únicamente para satisfacer la curiosidad y la vanidad de los psicólogos y el hambre de misterio y de emoción de los ocultistas, pueden convertirse, con ventaja para todos, en instrumentos de progreso y de bienestar. El pueblo de los fantasmas, hasta ahora refractario, puede entrar a formar parte de la economía mundial. También el alma, para el hombre moderno, es exportable y comerciable.




Cordelia
   Francisco Tario


   Sintió pasos en la noche y se incorporó con sobresalto.
   —¿Eres tú, Cordelia? —dijo.
   Y luego:
   —¿Eres tú? Responde.
   —Sí, soy yo —le responde ella desde el fondo del pasillo.
   Entonces se durmió. Pero a la mañana siguiente habló con su mujer que se llamaba Clara —y con su sirvienta que se llamaba Eustolia.




Un creyente
   George Loring Frost


   Al caer de la tarde, dos desconocidos se encuentran en los obscuros corredores de una galería de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:
   —Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?
   —Yo no —respondió el otro—. ¿Y usted?
   —Yo sí —dijo el primero y desapareció.