Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

20. Nasrudín, minicuentos sufíes II



El embustero honesto
   
   Nasrudín se encontró en la calle con un estafador.
   —¡Me habían dicho que estabas muerto y enterrado! —exclamó el mulá.
   —Como ves, estoy vivo y en perfecto estado —contestó el otro.
   —No pienses que voy a caer en esa trampa —dijo Nasrudín—. Si dices que estás vivo, seguro que estás muerto. ¡Todos sabemos lo embustero que eres!


Sabiduría

   —Tú eres un gran místico —le dijo a Nasrudín uno de sus pupilos—, y sin duda sabrás por qué los hombres siguen sendas diferentes a lo largo de su vida, en vez seguir todos una única senda.
   —Sencillo —contestó su maestro—: si todo el mundo siguiera la misma senda, todos acabaríamos en el mismo lugar; el mundo, perdido el equilibrio, se inclinaría y todos nos caeríamos al océano.



El acreedor holgazán

    Nasrudín fue llamado por su cuñado.
   —Nasrudín, has estado evitándome desde que te presté dinero. ¿No te da vergüenza?
   Sabiendo que su cuñado era un hombre excepcionalmente holgazán, el mulá contestó:
   —He venido a devolver lo que debo. Ven aquí, estrecha mi mano, saca el monedero de mi bolsillo, cuenta lo que te debo, deja de nuevo mi cartera y despídete.
   —¿Quieres que me derrumbe de cansancio? —preguntó el cuñado—. Sigue tu camino y no me vuelvas a fastidiar.




Nasrudín y Tamerlán
  
   —Nasrudín —dijo el gran emperador Tamerlán—, ¡he decidido nombrarte juez supremo!
   —Es un honor, Excelencia, pero no soy digno de ello.
   —¿Rechazas un mandato real?
   —No tengo elección, majestad. Un juez debe ser un hombre puro y justo.
   —Cierto.
   —Bien, he dicho que no soy digno. Si estoy diciendo la verdad, entonces no debería ser juez, y si estoy mintiendo, entonces, ¿cómo un mentiroso va a convertirse en juez supremo?




La preferida
   
   Nasrudín tomó una segunda esposa, pero las mujeres siempre le pedían que escogiera una favorita. Cansado de su constante rivalidad por lograr más atención, fue al bazar y compró dos cintas verdes idénticas. Al volver a casa, llamo a ambas mujeres, por separado, y le dio una cinta a cada una.
   —Lleva esta cinta bajo la ropa, pero no la muestres ni hables de ella a nadie.
   La siguiente vez que las dos mujeres quisieron saber a cuál prefería, el dijo:
   —Mi favorita es la que lleva una cinta verde bajo la ropa.




Reflexión
   
   Un grupo de comerciantes hablaba sobre el alcalde de la ciudad, que acababa de morir.
   —Nunca hemos tenido un hombre tan corrupto y codicioso —dijo uno—. Si ha ido al paraíso, me divorciaré de mi joven y hermosa mujer y dejaré la ciudad.
   —Dios actúa de forma misteriosa —dijo otro—. El alcalde puede perfectamente haber hecho borrón y cuenta nueva, y haber sido aceptado en el Paraíso.
   —Nasrudín —dijo un tercero—, tú pretendes tener todas las respuestas. ¿El alcalde ha ido al cielo o el infierno?
   Tras unos breves momentos de reflexión, el mulá contestó:
   —Ningún hombre puede saber cómo toma el Todopoderoso esas decisiones. El alcalde puede estar sentado en el Paraíso mientras nosotros hablamos.
   Los comerciantes asintieron y miraron con expectación al que había prometido abandonar la ciudad.
   —Pero —continuó Nasrudín—, si Alá es lo bastante magnánimo para perdonar al alcalde por las atrocidades que cometió mientras vivía, sin duda perdonará unas pocas promesas precipitadas hechas aquí por nuestro amigo y le permitirá permanecer con su nueva esposa.




Castigo

   —Si mañana hace buen día, iré al mercado a comprar un asno —dijo Nasrudín a su mujer.
   —Olvidaste añadir: “Si Alá lo quiere” —señaló su esposa.
   Pero Nasrudín, exasperado por una racha de desgracias, dijo malhumorado:
   —Nunca Alá parece querer nada. Estoy cansado de decir esas palabras cuando no tienen ninguna utilidad.
   El día siguiente era soleado y el mulá se fue a la subasta de asnos, donde compró uno por un precio muy razonable. Montado en su nuevo asno, emprendió el regreso a casa.
   —¿Quién necesita los buenos deseos de Dios? —se dijo feliz a sí mismo—. He encontrado una verdadera ganga, sin su aprobación.
   Justo entonces, una culebra se deslizó por el camino. El asustado asno corcoveó y Nasrudín voló por el aire, aterrizando en un matorral de espino. Cuando luchaba por liberarse del matorral, las raíces del arbusto se desprendieron y rodó con el mulá cuesta abajo, hasta el pie de la ladera. Nasrudín se las arregló como pudo para liberarse de las espinas. Magullado, sangrando, con las ropas desgarradas y hechas jirones, se fue cojeando hasta su casa. Estaba tan lejos de la aldea que llegó cuando la noche había caído.
   Llamó, haciendo acopio de sus últimas fuerzas.
   —¿Quién es? —preguntó su esposa desde dentro.
   —Abre, mujer —replicó Nasrudín a punto de desfallecer—. Soy yo, si Alá lo quiere.