Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

19. Nasrudín, minicuentos sufíes I







Nasrudín (Nasreddin) es un personaje mítico de la tradición popular sufí, una especie de antihéroe del islam cuyas historias ilustran e introducen enseñanzas sufíes. Se supone que vivió en la Península Anatolia, entre los siglos XIII y XV.









La copia perfecta

   Nasrudín estaba en Turquía visitando a un amigo. Una noche, se sentaron fuera, bajo el cielo estrellado. Enseguida, el mulá empezó a dar sonoras muestras de aprobación.

   —¿Por qué haces “¡ooh!” y “¡aah!”?

   —Estaba admirando tu cielo y me asombraba de la maestría de vuestros pintores de cielos. Han hecho una copia perfecta de las estrellas que tenemos en mi tierra natal.




De los labios de Alá
   
   El sha de Irán supo que el santo Nasrudín viajaba por el país. Envió a sus exploradores para que lo localizaran y lo llevaran a vivir al esplendor de la corte.
   Después de varios meses, el sha visitó las lujosas habitaciones de Nasrudín en el palacio.
   —Dime, oh santo venerado, ¿qué palabras has escuchado de labios de Alá?
   —Sólo las últimas serán de interés para vos, alteza. Alá acaba de susurrarme algo al oído.
   —¿Qué te ha dicho?
   —Acaba de decirme que tenga cuidado con lo que digo, para poder quedarme en el Paraíso que Él ha encontrado para mí.




Confusión ontológica
   
   Andaba Nasrudín por la concurrida ciudad de Bagdad cuando chocó con otro hombre y ambos cayeron al suelo.
   —Perdón —dijo educadamente mientras se levantaba—. ¿Tú eres tú o eres yo? Porque si eres yo, entonces yo debo ser tú.
   —Seas quien seas, eres un completo lunático —replicó el otro hombre.
   —Es que tú y yo somos de una complexión similar y llevamos ropas parecidas. Pensé que podría haberme confundido en la caída.




El garrote didáctico
   
   El rey prohibió que se portaran armas por las calles. Pero, temeroso de ser atacado mientras regresaba una noche a su casa, Nasrudín ocultó un garrote bajo su capa. El arma fue descubierta al ser parado y cacheado por la policía, que se lo llevó para que respondiera ante la ley.
   —Antes de que te meta en prisión, ¿qué tienes que decir en tu defensa? —preguntó el monarca.
   —Soy maestro de la escuela local —contestó Nasrudín— y necesito el garrote para castigar a mis alumnos.
   —¿No eres demasiado severo?
   —Puede parecéroslo, Majestad, pero no habéis oído las sandeces que dicen.




Preferencias escatológicas
  
  —¡Sois todos unos pecadores despreciables y unos holgazanes inmorales! —vociferaba un predicador ambulante a un grupo de aldeanos—. ¡Ningún hombre de este lugar verá las puertas del Paraíso!
   —¿Estás seguro? —preguntó mulá Nasrudín.
   —¡Haz todas las bromas que quieras, advenedizo! —bramó el predicador, furioso porque se pusiera en duda sus palabras—. ¡Tú serás el primero en sentir las llamas del infierno lamiendo tus botas!
   —¿Y dónde irás tú después de morir?
   —Los creyentes virtuosos como yo irán directamente al Paraíso eterno.
   —En ese caso —contestó Nasrudín tranquilamente—, es mejor que acompañe a mis amigos y parientes al infierno. Prefiero contar chistes para entretenerles que tener que vivir con maníacos como tú por toda la eternidad.




Ladrones
   
   —Rápido —cuchicheó la mujer de Nasrudín una noche—: hay ladrones en casa. Veo los bultos que han dejado en el jardín.
   Nasrudín echó a un lado la ropa de la cama e hizo amago de salir por la ventana.
   —¿Qué haces? —le preguntó su esposa.
   —Mientras registran nuestras miserables posesiones, voy a robarles sus fardos.



Juez juzgado
   
   Una noche, mientras daba un paseo, Nasrudín tropezó con un hombre bebido, tumbado en la hierba. Al ponerlo boca arriba, reconoció al juez, hombre famoso por pronunciar duras sentencias por las faltas morales. Nasrudín le quitó sus elegantes babuchas y el manto y siguió su camino.
   Al día siguiente, cuando el juez volvió a su casa dando traspiés, se dio cuenta de que le habían robado. Lívido, dijo a la policía que buscarán en cada casa hasta encontrar al culpable. No pasó mucho tiempo antes de que Nasrudín fuera llevado al tribunal.
   —¿Dónde conseguiste esas babuchas y ese manto? —preguntó el juez.
   —Se los cogí a un borracho que encontré tumbado en la cuneta la noche pasada —contestó el mulá—. Desde entonces estoy tratando de devolvérselos, pero no conozco su identidad. ¿No le conocerá su señoría por casualidad?
   —¡Por supuesto que no! —replicó el juez—. ¡Caso archivado!