Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

12. Diluvios III (de otras partes)



El diluvio
   Enrique Anderson Imbert


   Zeus, para mejorar la raza humana, ordenó a Eolo y Posidón que anegaran la tierra.
   Diluvió. Mares y ríos se juntaron. Inmensas ciudades inmersas.
   Los hombres se defendieron construyendo balsas y embarcaciones. Vislumbraban, en el fondo del agua, el techo de sus casas y confiaban en que alguna vez podrían retornar. Entre tanto, remaban sobre sus huertos y se zambullían para coger manzanas; pescaban peces que andaban como pájaros por entre las ramas más altas de los nogales.
   Entonces, antes de que Zeus volviera a poner las cosas como estaban, las sirenas acudieron presurosas de todas partes y aprovecharon esa ocasión única para recorrer, con ojos asombrados, las calles sumergidas por donde habían caminado los fabulosos hombres.
El gato de Cheshire. Buenos Aires: Losada, 1965.




Los animales en el arca
   Marco Denevi


Edward Hicks
   Sí, Noé cumplió la orden divina y embarcó en el arca un macho y una hembra de cada especie animal. Pero durante los cuarenta días y cuarenta noches del diluvio, ¿qué sucedió? Las bestias, ¿resistieron las tentaciones de la convivencia y del encierro forzoso? Los animales salvajes, las fieras de los bosques y de los desiertos, ¿se sometieron a las reglas de la urbanidad? La compañía, dentro del mismo barco, de las eternas víctimas y de los eternos victimarios, ¿no desataría ningún crimen? Estoy viendo al león, al oso y a la víbora mandar al otro mundo, de un zarpazo o de una mordedura, a un pobre animalito indefenso. ¿Y quiénes serían los más indefensos, sino los más hermosos? Porque los hermosos no tienen otra protección que su belleza. ¿De qué les serviría la belleza en un navío colmado de pasajeros de todas las clases, todos asustados y malhumorados, muchos de ellos asesinos profesionales, individuos de mal carácter y sujetos de avería? Sólo se salvarían los de piel más dura, los de carne menos apetecible, los erizados de púas, de cuernos, de garras y de picos, los que alojan el veneno, los que se ocultan en la sombra, los más feos y los más fuertes. Cuando al cabo del diluvio Noé descendió a tierra, repobló el mundo con los sobrevivientes. Pero las criaturas más hermosas, las más delicadas y gratuitas, los puros lujos con que Dios, en la embriaguez de la Creación, había adornado el planeta, aquellas criaturas al lado de las cuales el pavorreal y la gacela son horribles mamarrachos y la liebre una fiera sanguinaria, ay, aquellas criaturas no descendieron del arca de Noé.
En: Cuentos breves latinoamericanos. Buenos Aires: Coedición Latinoamericana, 1998.




Fábula del unicornio
   Wilfredo Machado


   Cuando Noé vio el cuerno que sobresalía de la espesa crin en la frente, no dudó ni un instante sobre la identidad del animal que pedía humildemente ser aceptado en el Arca ante la inminencia del Diluvio.
   Jamás había visto a un unicornio, pero los libros antiguos lo describían como un animal más bien pequeño, semejante a una cabra, y de carácter huidizo; con un largo cuerno rematado en una afilada punta, semejante a ciertas especies de caracol no muy abundante en estos días.
   Cuenta la tradición que finalizado el Diluvio y agotados los pájaros por el ir y venir a través de la tormenta y de la noche, Noé envió a unicornio a comprobar si había bajado el nivel de las aguas. El animal se arrojó a la oscuridad de las olas y al tocar el líquido comenzó a hundirse. Ante la cercanía de la muerte, rogó a uno de los dioses sempiternos por su vida. Éste lo transformó en un narval, dejándole conservar sólo el cuerno como la viva memoria de un pasado que desaparecía en el océano del tiempo.
   En las noches claras, cuando el viento rompe el crepúsculo del agua en ondas oscuras, añora galopar bajo el vientre de una doncella desnuda con la luna como una pecera de fondo.
   A veces, atraviesa a algunos bañistas con su afilado cuerno buscando a Noé desde los tiempos más remotos.
Libro de animales. Caracas: Alfadil-CENAL, 2002.




Profetas y cataclismos VI
   Ana María Shúa
   
   El éxito de sus palabras hizo fracasar su misión. La profecía fue escuchada y reconocida. Los hombres cambiaron su conducta impía y se evitó el fuego y el azufre, se evitó el pánico y el horror, no sucedió la lluvia de la muerte. Así, por falta de plaga o cataclismo, jamás logró acceder al rango de profeta ni pudo el Más Alto mostrarse en todo su poder. Sólo se envían desde entonces profetas monótonos o tartamudos, débiles en el arte de la oratoria: es importante, sobre todo, que carezcan de carisma personal.
Botánica del caos. Buenos Aires: Sudamericana, 2000.




La peluda
   Jorge Luis Borges
   
   A orillas del Huisne, arroyo de apariencia tranquila, merodeaba durante la Edad Media la Peluda. Este animal habría sobrevivido el Diluvio, sin haber sido recogido en el arca. Era del tamaño de un toro; tenía cabeza de serpiente, un cuerpo esférico cubierto de un pelaje verde, armado de aguijones cuya picadura era mortal. Las patas eran anchísimas, semejantes a las de la tortuga; con la cola, en forma de serpiente, podía matar a las personas y a los animales. Cuando se encolerizaba, lanzaba llamas que destruían las cosechas. De noche, saqueaba los establos. Cuando los campesinos la perseguían, se escondía en las aguas del Huisne que hacía desbordar, inundando toda la zona.
   Prefería devorar los seres inocentes, las doncellas y los niños. Elegía a la doncella más virtuosa, a la que llamaban la Corderita. Un día, arrebató a una Corderita y la arrastró desgarrada y ensangrentada al lecho del Huisne. El novio de la víctima cortó con una espada la cola de la Peluda, que era su único lugar vulnerable. El monstruo murió inmediatamente. Lo embalsamaron y festejaron su muerte con tambores, con pífanos y danzas.
Manual de zoología fantástica. México: FCE, 1957.



El Diablo en el Arca
   Amir al-Sha’bi y Ayyûb Ibn al-Qaryat


   Cuando llegó la inundación y el horno se puso a punto (véase Corán, XI, 42), Noé, después de haber recibido la orden del Altísimo de tomar consigo dos unidades de cada pareja, eligió el número designado para cada animal hasta que no quedaba más que el asno y la borrica. Ésta subió al Arca. Entonces el Diablo se aferró a la cola del asno, que no pudo así entrar. Noé fue incapaz de hacer avanzar al animal y, exasperado, exclamó:
   —¡Ea, sube ya, Satanás!
   El asno subió, seguido por el Demonio, pues éste no podía entrar en el Arca sino por orden de Noé. Había sujetado la cola del asno para que Noé le dijera: “¡Ea, sube ya, Satanás!”.
   Cuando estuvo en el interior, Noé lo vio y exclamó:
   —¡Desgraciado de ti, Maldito! ¿Quién te ha hecho entrar en el Arca?
   —Has sido tú quien me ha ordenado entrar, respondió el Demonio. Nada tienes que reprocharme sobre esto, pues estoy entre aquellos a quienes se ha concedido una prórroga.
   Los genios y los satanes que se encontraban entre el cielo y la tierra fueron aniquilados durante cuarenta días, hasta que terminó el diluvio.

En: El libro de las argucias (relatos árabes). I. Ángeles, profetas y místicos. Recopilación realizada por René R. Khawam. Barcelona: Paidós, 1992.