Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

11. Diluvios II (minicuentos colombianos)


Sínodo
   Guillermo Bustamante Zamudio

   Yavé dio la orden a Noé. Pero otros dioses se mostraron en desacuerdo con el alcance de la medida: 
   —Castiga a tus criaturas, si así lo consideras. Pero la pena no puede perjudicar a nuestros seguidores —dijo uno.
   —No intentes ir más allá de los que creen en ti o de quienes se declaran increyentes en relación contigo —acotó otro—. Nuestros prosélitos practican ritos distintos, tienen otros estilos de pecar y de creer.
   Yavé era todopoderoso, pero esa cualidad la poseían todos los dioses, y la usaban para disuadirse unos a otros. No valía la pena disputar, entre otras porque no era necesario modificar las órdenes a Noé, ni el aparente alcance de sus decisiones punitivas. Cada pueblo se supone único, y cree que su dios no tiene par. De tal forma, hizo llover e inundar la tierra hasta donde iba el campo visual de ese pueblo eterno pero efímero, universal pero localizado.
   Más allá reinaba la voluntad de otras divinidades.
Oficios de Noé. Bogotá: Común presencia, 2005.


Fábula 1
   Flor Mendieta

   El pececillo, aburrido porque nunca le sucedía nada emocionante, decidió salir a la superficie de la tierra. En aquel instante sobrevino el diluvio universal.


Noé
   Pablo Montoya

   Cansado, vuelvo a recorrer el arca. Los míos se han desmoronado en una descreencia donde no hay fondo alguno. Ya no preguntan por el fin de esta líquida travesía. El silencio instalado entre nosotros ni siquiera lo rompen los animales. Sólo me resta evocar las tierras, y los rebaños que cuidaba, y no estas especies diezmadas por el hambre y el encierro. Movido por la orden, y no por la esperanza, miro la última paloma. Dudo que pueda volar un palmo más allá de mis brazos. La tomo. La suelto para verla caer en la bruma tramada por el agua. Por qué, me pregunto, esta necedad de ir sin conocer el rumbo, y no mejor desaparecer, y olvidar el mandato de la sobrevivencia.
Viajeros. Medellín: Universidad de Antioquia, 1999.



Arbóreo
   Henry Ficher

   Los árboles nada debían a una divinidad que había resuelto que la sangre es vida, no la savia. Cuando Yahvé ordenó a Noé que construyera el arca y decretó el fin de toda la carne, la arbórea sabiduría ya tenía previsto qué hacer en caso de omisión. Días antes del diluvio, las semillas de toda la vegetación terrestre se depositaron en un tronco hueco, de proporciones bíblicas, en cuyo cálido interior sobrevivieron la catástrofe. Al bajar las aguas, salió del tronco una semilla aerófila, de una especie parecida a la amapola, pero se quedó volando en el viento y no retornó. Tiempo después, del tronco surgió otra semilla, pero el suelo todavía estaba empantanado y no germinó. Finalmente, el tronco encalló en un promontorio y muchas semillas se esparcieron y echaron raíces. Fue ahí donde creció, siglos después, el árbol sagrado del Bodhi, bajo el cual Sidarta Gautama despertó de sus meditaciones como el iluminado, el Buda.


Hermano
   Jairo Aníbal Niño

   Un tigre y su tigresa fueron escogidos por Noé para ocupar un lugar en el arca. El tigre rogó a Noé que lo dejara llevar a su hermano. Noé dijo que era imposible porque Dios lo había prohibido. Cuando el arca navegaba en las enfurecidas ondas, el tigre en la cubierta parecía sonreir. Ni Dios ni Noé supieron nunca que el tigre, para poder llevar a su hermano, lo había devorado un día antes de entrar en el arca.
Puro pueblo. Bogotá: Carlos Valencia, 1977.



Génesis
   Jaime Alberto Vélez

   Sobre la ardiente tierra endurecida por el sol, un coro de ranas cantaba sin descanso para pedir agua. No lejos de allí, otro coro hacía lo mismo, y más allá otro, y otro, y otro..., de suerte que en toda la Tierra no se oía más que la voz de un gran coro enérgico, empeñado en que lloviera.
   Entonces ocurrió lo imprevisto: durante cuarenta días y cuarenta noches llovió sin descanso, con tanta intensidad y profusión, que el nivel del agua superó la cumbre de la montaña más alta.
   Arrepentidas por el exceso en sus plegarias, desde aquel día las ranas cantan con prudencia, a intervalos, no vaya a suceder que sus deseos se vean de nuevo cumplidos.
Un coro de ranas. Medellín: Universidad de Antioquia, 1999.