Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

10. Diluvios I (las culturas)

Creación y diluvio Ijka
   Álvaro Chaves Mendoza
   Lucía de Francisco Zea

   Antes de la luz y los hombres estaba Mama Seukún, que es el dios más importante. Tenía un compañero llamado Kakaseránkua, pero tenían que ser cuatro. Los otros dos fueron Karmenataba y el Mama Takinaka. Entonces les hacía falta un secretario que fue Kuankunbitamoya. Crearon primero la tierra, plana, después los árboles y los animales, el agua, los ríos y las lagunas. Todavía no había luz, la tierra era todo llano, planito, pero no había luz. El sol y la luna eran dos niños pequeñitos y vivían escondidos en una cueva. Antes de estar la luz, los Mamas crearon el cocuyo, pero su luz era muy pequeñita, no sirvió y se quedó en la tierra; entonces crearon la luz con los dos niños hermanitos.
   De una piedra tenían que crear un hombre y una mujer, y los crearon; eran como ahora. Los hombres se fueron propagando mucho, se llenó el mundo, los hombres ya no se podían aguantar. Entonces los cinco Mamas llamaron al agua: todos los cerros se taparon con agua. Quedó un sólo cerro sin agua, el Yuichúchu; quedaron un hombre y una mujer; quedaron animales. Con el diluvio se formaron los cerros Boroté, Bunkté, Seiarín y Seiarangama, que son los cuatro lados del Yuichúchu. En el cerro Inárua quedaron las semillas del maíz. Nacieron los demás hombres.
Los Ijka. Reseña etnográfica. Bogotá: Instituto colombiano de cultura, 1977.


El diluvio
   Eduardo Galeano

   Al pie de la cordillera de los Andes, se reunieron los jefes de las comunidades.
   Fumaron y discutieron.
   El árbol de la abundancia alzaba su plenitud hasta más allá del techo del mundo. Desde abajo se veían las altas ramas curvadas por el peso de los racimos, frondosas de piñas, cocos, mamones, y guanábanas, maíz, yuca, fríjoles...
   Los ratones y los pájaros disfrutaban los manjares. La gente, no. El zorro, que subía y bajaba dándose banquetes, no convidaba. Los hombres que habían intentado trepar se habían estrellado contra el suelo.
   —¿Qué haremos?
   Uno de los jefes convocó un hacha en sueños. Despertó con un sapo en la mano. Golpeó con el sapo el inmenso tronco del árbol de la abundancia, pero el animalito echó el hígado por la boca.
   —Ese sueño ha mentido.
   Otro jefe soñó. Pidió un hacha al Padre de todos. El Padre advirtió que el árbol se vengaría, pero envió un papagayo rojo.
   Empuñando el papagayo, ese jefe abatió el árbol de la abundancia. Una lluvia de alimentos cayó sobre la tierra y quedó la tierra sorda por el estrépito. Entonces, la más descomunal de las tormentas estalló en el fondo de los ríos. Se alzaron las aguas, cubrieron el mundo.
   De los hombres, solamente uno sobrevivió. Nadó y nadó, días y noches, hasta que pudo aferrarse a la copa de una palmera que sobresalía de las aguas.
Memoria del fuego. México: Siglo XXI, 1982*


Diluvio negro Maya-Quiché
   Popol Vuh

   Y al instante fueron hechos los muñecos labrados en madera. Se parecían al hombre, hablaban como el hombre y poblaron la superficie de la tierra. Existieron y se multiplicaron; tuvieron hijas, tuvieron hijos los muñecos de palo; pero no tenían alma, ni entendimiento; no se acordaban de su Creador, de su Formador; caminaban sin rumbo y andaban a gatas. Ya no se acordaban del Corazón del Cielo y por eso cayeron en desgracia. Fue solamente un ensayo, un intento de hacer hombres. 
Hablaban al principio, pero su cara estaba enjuta; sus pies y sus manos no tenían consistencia; no tenían sangre ni sustancia, ni humedad, ni gordura; sus mejillas estaban secas, secos sus pies y sus manos, y amarillas sus carnes. Por esta razón ya no pensaban en el Creador ni en el Formador, en los que les daban el ser y cuidaban de ellos. Estos fueron los primeros hombres que en gran número existieron sobre la faz de la tierra.
   Enseguida fueron aniquilados, destruidos y deshechos los muñecos de palo, y recibieron la muerte. Una inundación fue producida por el Corazón del Cielo; un gran diluvio se formó, que cayó sobre las cabezas de los muñecos de palo. Como no pensaban, no hablaban con su Creador y su Formador, que los habían hecho, que los habían creado, entonces fueron muertos, fueron anegados: una resina abundante vino del cielo. El llamado Xecotcovach llegó y les vació los ojos; Camalotz vino a cortarles la cabeza; y vino Cotzbalam y les devoró las carnes. El Tucumbalam llegó también y les quebró y magulló los huesos y los nervios, les molió y desmoronó los huesos.
   Y esto fue para castigarlos porque no habían pensado en su madre, ni en su padre, el Corazón del Cielo, llamado Huracán. Y por este motivo se oscureció la faz de la tierra y comenzó una lluvia negra, una lluvia de día, una lluvia de noche.


Diluvio Murui-Muinane-Huitoto
   Luis María Sánchez

   Jutsiñamuy creó el mundo y lo pobló de criaturas; pero como muy pronto empezaran a manejarse mal, inundó todo lo hasta entonces conocido y las hizo perecer ahogadas. Buynaima, único que se salvó, se dio a la tarea de buscar otra persona con quien intercambiar ideas y conocimientos.
   —¿Dónde está la gente que antes vivió en la tierra? ¿Con quién puedo hablar? —exclamaba por doquier al caer las tardes.
   Los días pasaban sin cesar y, cuando más triste se encontraba, llegó hasta sus oídos el eco de una dulcísima canción.
   —¿Quién eres? ¿Dónde te encuentras? ¿Por qué cantas tan alegre?
El viento llevó el eco de su voz a un lugar lejano desde donde recibió esta contestación:
   —Soy Gérofaicoño, mujer que alcanzó a salvarse de la inundación; estoy al otro lado de donde tú te encuentras y canto para no estar triste y ver si así puedo llamar la atención de quienes viven lejos.
   —¿Por qué no vienes a mi lado para que seamos felices? —gritó Buynaima.
   —¡Imposible! Las mujeres no buscamos a los hombres; si quieres, ven tú.
   —Si voy, ¿me acompañarás siempre y me ayudarás a buscar a los demás?
   —¿Cómo me tratarás?
   —Soy un hombre pobre, pero trabajador; te daré de comer muchas frutas.
   —Soy mujer perezosa, pero sé cómo se puede manejar a un hombre; ven por mí.
   Una noche, Buynaima invocó la ayuda del padre eterno para encontrar a los suyos y Jutsiñamuy escuchó sus plegarias y le dijo:
   —Tu gente está debajo de la tierra; toma una vaina de achiote, sácale las semillas, empieza a llamar a los tuyos y en el lugar donde oigas salir su voz, pon una de esas semillas.
   Así lo hizo Buynaima y la gente empezó a venir; pero la voz de Jana, la sombra mala, que había sentido envidia, los detuvo y se internaron de nuevo entre la tierra. De nuevo, invocó Buynaima a Jutsiñamuy y éste le dijo que hiciera lo mismo con semilla de tabaco. Pronto, la gente salía de debajo de la tierra y llegaba hasta ellos, que los recibieron como a hijos perdidos. 
   Buynaima entonces se dedicó a enseñar el bien a todos los suyos y una esplendorosa tarde de verano, estando rodeado de la mayoría de su gente, desapareció de en medio de ellos y fue a vivir arriba en compañía de Jutsiñamuy.


El diluvio de Deucalión
   Robert Graves

Leo & Diane Dillon
   En una ocasión, paseando por la Tierra disfrazado de viajero pobre, Zeus descubrió que el pueblo de Arcadia se estaba portando tan mal y con tanta crueldad, que decidió destruir a todos los mortales con un enorme diluvio. En aquellos momentos, Deucalión, rey de Ftía, estaba en el Cáucaso, tratando de ahuyentar el águila que le roía el hígado a su padre, Prometeo, pero el animal siempre volvía. Prometeo, que podía predecir el futuro, advirtió a su hijo del diluvio, así que Deucalión construyó un arca, la llenó con sus rebaños y demás posesiones, y se subió a bordo. Su esposa, Pirra, también se embarcó. Luego, el viento del sur comenzó a soplar; la lluvia cayó a cántaros; y los ríos se desbordaron, arrasando ciudades y templos, hasta ahogar casi todas las criaturas vivientes. Cuando el arca ya flotaba por encima de los árboles, el agua aún seguía creciendo. Al cabo de un tiempo, la lluvia cesó y el arca, después de balancearse durante nueve días, se posó en la cima del monte Otris, en Tesalia, cerca de Ftía. Deucalión y Pirra desembarcaron, sacrificaron un carnero a Zeus y, cuando el nivel del agua descendió un poco, encontraron un templo cubierto de algas y desperdicios, en el que oraron tristemente para que la humanidad fuese perdonada. Zeus escuchó sus plegarias y envió a Hermes para decirles:
   —Todo irá bien. Cubríos la cabeza y lanzad los huesos de vuestra madre hacia atrás. Dado que Deucalión y Pirra tenían madres distintas, ambas enterradas en cementerios sumergidos a gran profundidad, decidieron que vuestra madre significaba la madre Tierra y, cubriéndose las cabezas, lanzaron piedras a sus espaldas. Aquellas piedras, al tocar el suelo, se convirtieron en hombres y mujeres. 
   Otros mortales también pudieron salvarse del diluvio. Parnaso, hijo del dios Poseidón, se despertó a causa de unos aullidos de terror procedentes de unos lobos y siguió a estos animales hasta la cumbre del monte que ahora lleva su nombre. Por su parte, Meagro, hijo de Zeus, se despertó con los gritos de unas grullas y lo que hizo fue seguir a estas aves hasta la cumbre del monte Gerania. Ambos supervivientes también salvaron a sus familias.
Dioses y héroes de la antigua Grecia. Madrid: El Mundo, 1999.