Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

4. Breves cosmogonías I


   Edward Lane 

   Dios creó la tierra, pero la tierra no tenía sostén y así bajo la tierra creó un ángel. Pero el ángel no tenía sostén y así bajo los pies del ángel creó un peñasco hecho de rubí. Pero el peñasco no tenía sostén y así bajo el peñasco creó un toro con cuatro mil ojos, orejas, narices, bocas, lenguas y pies. Pero el toro no tenía sostén y así bajo el toro creó un pez llamado Bahamut, y bajo el pez puso agua, y bajo el agua puso oscuridad, y la ciencia humana no ve más allá de ese punto.






El origen del hombre
   Leyenda eslava 

   Al principio no existía más que Dios, pero Dios dormía y soñaba. Este sueño duró siglos enteros. El momento fijado para que despertara llegó bruscamente. Miró en torno suyo y de cada una de esas miradas nació una estrella. Dios mismo se sorprendió de ello y comenzó a viajar para ver lo que sus ojos habían creado. Viajó, viajó interminablemente. Al fin llegó a nuestra tierra, pero estaba ya fatigado. Las gotas de sudor caían de su frente. Una de estas gotas adquirió alma y fue el primer hombre.
   Así el hombre nació de Dios, pero no fue creado para los placeres: nació del divino sudor y desde su origen quedó destinado a sufrir y a trabajar.



El mundo de arriba y el mundo de abajo
   Cultura Motilona - Colombia (recopilado por Álvaro Chaves) 

   En el cielo, allá arriba, había una selva con árboles, con animales y con comida. Allá vivían los motilones, cazando y sembrando. Y miraron un día hacia abajo, a la tierra, y vieron que allá también había ríos y bosques con buena caza. Entonces cortaron un bejuco muy grueso y muy largo, para que resistiera el peso de los hombres, y por él se descolgaron todos los motilones, uno detrás de otro. Y llegaron a la tierra y el bejuco quedó colgando y los indios se fueron a cazar animales. Un gallinazo, que pasaba volando, cortó el bejuco y cuando los motilones volvieron de la cacería no pudieron subir, regresar al cielo; se quedaron para siempre en la tierra. El gallinazo, como castigo, tiene que comerse la carne de los muertos, para llevarla otra vez al cielo.


Un origen
   Cultura Ijka (Colombia)


  Había dos indiecitos, hombre y mujer, que eran muy pobres y le hacían el trabajo a los demás indios. Esos indiecitos fueron guardando en un calabozo pedacitos de comida, de todo lo que comían los demás hombres. Esa comida se pudrió y de ahí nació una cucaracha. De esa cucaracha nacieron muchas cucarachas más y andaban por todas partes. Había tantas que los indios resolvieron matarlas y mataron todas menos una que se escondió en un agujerito. Entonces vino Mama Seukún y dijo que no la mataran, que esas cucarachas eran muy raras y formó una mujer de la cucaracha que quedaba. Esa mujer tuvo muchos hijos, que son los civilizados, que se regaron por todas partes como las cucarachas.


El sol y la luna 
   Talmud

   De la mente de Dios, la palabra de la creación salió: “Dos grandes luminarias brillarán en el cielo y, reinas de la tierra, gobernarán al tiempo fugitivo”.
   Dijo y fue. Así como el que sale de la cámara nupcial, como el héroe que se adelanta triunfante por el camino, surgió el sol, luz primera. Su manto era un esplendor divino; en torno a la cabeza llevaba una guirnalda de múltiples colores.
  La tierra se llenó de alegría; suaves perfumes brotaron de los campos, y las flores se abrieron más hermosas.
   La segunda luz, la luna, se estremeció de envidia, porque la luz hermana la igualaba en esplendor. “¿Para qué dos reinas sobre un mismo trono?”. “¿Y por qué nací yo después de mi compañera?”.
   Y de repente, con el interno temblor se apagó su luz, que huyó volando por los campos del cielo, convertida en sartas de estrellas.
   Blanca como un cadáver estaba la luna, llena de vergüenza frente a las peregrinas celestes, y rogaba lastimera: “Piedad de mí, Señor de los señores, piedad”.
   Y un ángel del Señor se apareció a la avergonzada luna, diciendo: “¿Por qué envidiaste el resplandor del sol? ¡Infeliz! ¡Nunca podrás ya a lucir como él; y siempre que la tierra pase por delante de ti, quedarás como ahora: toda o en parte oscurecida! Sin embargo, ¡oh, desdichada!, no te lamentes más: Dios piadoso ha perdonado tu error y lo ha vuelto en bien.  'Ve — me dijo — y di a la arrepentida: también ella será reina de su luz: y las lágrimas de su arrepentimiento serán bálsamo para el cansado y para los deslumbrados por la fuerza solar serán alivio’”.
   Consolada quedó la luna siguiendo el silencioso camino que ahora recorre: reino de la noche y de las estrellas, lamenta el antiguo error, y va al encuentro de los miserables para consolarlos.


Pandora
   Hesíodo (Teogonía) 
   
   Habló así y rió el padre de los hombres y de los dioses, y ordenó al ilustre Hefesto que mezclara enseguida la tierra con el agua y de la pasta formara una bella virgen semejante a las diosas inmortales, y a la cual daría voz humana y fuerza. Y ordenó a Atenea que le enseñara las labores de las mujeres y a tejer la tela; y que Afrodita de oro esparciera la gracia sobre su cabeza y le diera el áspero deseo y las inquietudes que enervan los miembros. Y ordenó al mensajero Hermes, matador de Argos, que le inspirara la impudicia y un ánimo falaz. Ordenó así, y los aludidos obedecieron al rey Zeus Cronión. Al punto, el ilustre cojo de ambos pies, por orden de Zeus, modeló con tierra una imagen semejante a una virgen venerable; la diosa Atenea, la de los ojos claros, la vistió y la adornó; las diosas Cárites y la venerable Pito colgaron a su cuello collares de oro; las Horas de hermosos cabellos la coronaron de flores primaverales; Palas Atenea le adornó todo el cuerpo; y el mensajero matador de Argos, por orden de Zeus retumbante, le inspiró las mentiras, los halagos y las perfidias; y finalmente el mensajero de los dioses puso en ella la voz. Y Zeus llamó a esta mujer Pandora, porque todos los dioses de las moradas olímpicas le dieron algún don, que se convirtiera en daño de los hombres que se alimentan de pan.