Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
Comité de dirección: Guillermo Bustamante Zamudio, Harold Kremer, Henry Ficher.

3. Filósofos minicuentistas


Alonso Jiménez
El deseo
   Walter Benjamin 

   Una tarde, al finalizar el Shabat, los judíos de una aldea jasídica estaban reunidos en una mísera taberna. Todos eran vecinos de la localidad, salvo uno al que nadie conocía, triste y andrajoso, que permanecía en cuclillas junto a la estufa. Los temas de conversación habían ido languideciendo, cuando surgió la cuestión de lo que cada cual pediría si le fuese concedido un único deseo. Este de acá quería dinero; aquel, un buen yerno; el tercero, un nuevo banco de carpintero; y así sucesivamente.
   Todos habían manifestado ya sus deseos y el mendigo seguía acurrucado al calor de la estufa. De mala gana y pausadamente dio también su respuesta:
   —Querría ser un poderoso rey, señor de un gran país, y que una noche, mientras durmiese en palacio, los enemigos cruzasen la frontera y, antes de que alboreara, sus huestes se abrieran paso hasta el castillo sin encontrar resistencia, que me arrancaran del sueño, no me dieran tiempo ni para vestirme y, en camisón, tuviese que emprender la fuga. Me acosasen sin piedad por montes y valles, a través de bosques y peñascales, sin darme respiro, día y noche, hasta verme a salvo sentado en este banco junto a vosotros. Esto pediría.
   Los demás se miraron unos a otros, sin entender.
   —Y, en resumidas cuentas, ¿qué conseguirías?
   —¡Un camisón! —fue la respuesta.


Equivalencia
   Blaise Pascal

   Si un artesano estuviese seguro de que sueña cada noche, durante doce horas completas, que es rey, creo que sería tan dichoso como un rey que soñase todas las noches durante doce horas que es artesano.


Atmósfera
   Sören Kierkegaard 
  
   Era muy de mañana. Abraham se levantó, hizo enalbardar los asnos, dejó su casa con Isaac, y desde la ventana los vio descender Sarah por el valle hasta que los perdió de vista. Anduvieron silenciosamente durante tres días; la mañana del cuarto Abraham no dijo una palabra, pero levantando sus ojos vio en la lejanía los montes de Moriá. Despidió a sus servidores y tomando a Isaac de la mano trepó la montaña. Y Abraham se decía: "Pero no puedo ocultarle por más tiempo a dónde le conduce este andar". Se detuvo, apoyó su mano sobre la cabeza de su hijo para bendecirlo, e Isaac se inclinó para recibir la bendición. Y la faz de Abraham era la de un padre; dulce era su mirar y su voz exhortaba. Pero Isaac no podía comprenderle, su alma no podía elevarse tanto; se abrazó a las rodillas de Abraham, se arrojó a sus pies y clamó por la gracia; imploró por su juventud y sus dulces esperanzas; habló de las alegrías de la casa paterna, evocó la soledad y la tristeza. Entonces Abraham lo levantó, lo tomó de la mano y se puso en camino, y su voz exhortaba y consolaba. Más Isaac no podía comprenderle. Abraham trepó por la montaña de Moriá; Isaac no le comprendía. Entonces se apartó Abraham por un momento del lado de su hijo, y cuando de nuevo miró Isaac la faz de su padre la halló cambiada, porque el mirar se le había hecho feroz y aterradoras las facciones. Agarró a Isaac por el pecho, lo arrojó por tierra y gritó: "¡Estúpido! ¿Crees tú que soy tu padre? ¡Soy un idólatra! ¿Crees tú que obedezco el mandato divino? ¡Hago lo que me viene en gana!". Entonces Isaac se estremeció y exclamó en su angustia: "¡Dios del cielo! ¡Ten piedad de mí! ¡Dios de Abraham! ¡Ten piedad de mí! ¡Sé mi padre, ya no tengo otro en esta tierra!". Pero Abraham se dijo muy quedo: "Dios del cielo, yo te doy las gracias; vale más que me crea un monstruo antes que perder la fe en ti".



Alonso Jiménez (tierra y óleo sobre yute)


Lo real y lo imaginario
   Kostas Axelos


   Un padre y una madre centauros observan a su hijo que retoza en una playa del Mediterráneo. El padre se vuelve hacia la madre y le pregunta: "¿Debemos decirle que no es más que un mito?".




Los prisioneros
   Friedrich Nietzsche 

   Una mañana, los prisioneros salieron al patio a trabajar: el guardián estaba ausente. Unos se entregaron inmediatamente al trabajo, como era su costumbre, pero otros permanecieron sin hacer nada, lanzando en torno miradas provocativas. Entonces, uno salió de las filas y dijo en voz alta: “Trabajad tanto como queráis o no hagáis nada; es completamente indiferente. Vuestras secretas maquinaciones han sido todas descubiertas y el guardián de la prisión os ha sorprendido y va pronto a pronunciar sobre vuestras cabezas su juicio terrible. Como sabéis, es duro y rencoroso. Pero estad atentos a lo que voy a deciros: hasta hoy no me habéis conocido aún; yo no soy el que creéis. Soy hijo del guardián de esta prisión y puedo conseguirlo todo de él. Puedo salvaros y quiero salvaros. Pero debo advertiros que sólo salvaré a aquellos de vosotros que crean que soy el hijo del guardián de la prisión. Los que no me crean, que recojan los frutos de su incredulidad”.
   “¡Bien! —dijo después de un momento de silencio uno de los prisioneros más maduros—; ¿qué importancia tiene para ti que te creamos o no? ¡Si eres verdaderamente el hijo y puedes hacer lo que dices, intercede en nuestro favor y harás de veras una buena obra! ¡Pero guárdate esas tonterías de fe y de incredulidad!”.
   “¡No quiero creerte! —interrumpió un joven—. ¡Todo esto son chifladuras! ¡Apuesto a que dentro de ocho días estaremos aún aquí, en la misma situación que hoy, y que el guardián no sabe nada!”.
“Y dado el caso que sea verdad lo que dices, no sabe nada ya —exclamó el último de los prisioneros, que acababa de descender al patio—: nuestro guardián ha muerto de repente”.
   “¡Bravo! —exclamaron a la vez casi todos los prisioneros—. ¡Bravo! ¡Eh, señor hijo, señor hijo! ¿Y la herencia? ¿Somos quizá ahora prisioneros tuyos?”.
   “Ya os lo he dicho —respondió dulcemente el burlado—; daré la libertad al que tenga fe en mí, y lo afirmo con tanta convicción como que mi padre está aún vivo”.
   Y los prisioneros ya no rieron y alzaron las espaldas y le dejaron en el patio.




Los puercoespines
   Arthur Schopenhauer

   Un día crudísimo de invierno, en el que el viento silbaba cortante, unos puercoespines se apiñaban, en su madriguera, lo más estrechamente que podían.
   Pero resultaba que, al estrecharse, se clavaban mutuamente sus agudas púas.
   Entonces volvían a separarse; pero el frío penetrante los obligaba, de nuevo, a apretujarse.
   Volvían a pincharse con sus púas, y volvían a separarse.
   Y así una y otra vez, separándose, y acercándose, y volviéndose a separar, estuvieron hasta que, por fin, encontraron una distancia que les permitía soportar el frío del invierno, sin llegar a estar tan cerca unos de otros como para molestarse con sus púas, ni tan separados como para helarse de frío.
   A esa distancia justa la llamaron urbanidad y buenos modales